Eduardo Trigo y Martín Piñeiro
La agricultura mundial atraviesa una transformación tecnológica comparable a las grandes revoluciones productivas de los últimos dos siglos. La convergencia entre inteligencia artificial, biotecnología avanzada, edición génica, bioinformática, digitalización y bioeconomía está redefiniendo simultáneamente cómo se genera conocimiento, cómo se organizan los procesos de innovación y cómo se construyen las ventajas competitivas de los sistemas agroalimentarios, en un contexto global de tensiones geopolíticas y creciente competencia por el liderazgo científico y tecnológico.
América Latina y el Caribe (ALC) ocupa una posición singular frente a este escenario. La región concentra cerca de la mitad de la biodiversidad mundial, dispone de abundantes recursos hídricos, biomasa y una agricultura altamente competitiva, además de una larga tradición de investigación agropecuaria expresada en instituciones nacionales como EMBRAPA, INTA o INIFAP y en mecanismos regionales como PROCISUR, PROCINORTE, FONTAGRO, FORAGRO y CATIE. Pero estas fortalezas conviven con una marcada heterogeneidad estructural: la inversión y la producción científica regional están altamente concentradas (Brasil explica entre el 55% y el 60% del gasto agropecuario en I+D), mientras más de veinte países participan con menos del 1% del total, lo que limita su capacidad individual de acceder a tecnologías de frontera como la inteligencia artificial o la edición génica.
El argumento central del trabajo es que esta nueva revolución tecnológica exige complementar las capacidades nacionales con mecanismos permanentes de cooperación regional, capaces de generar economías de escala, compartir infraestructura científica y transformar capacidades dispersas en una verdadera capacidad colectiva de innovación. Los autores proponen entender una parte creciente de estas capacidades —plataformas regionales de IA, bancos de recursos genéticos, infraestructuras de datos, sistemas compartidos de vigilancia sanitaria— como bienes públicos regionales, cuya provisión resulta más eficiente mediante esquemas cooperativos que mediante esfuerzos aislados. La región no parte de cero: experiencias como el CGIAR a nivel global, o FLAR, PROMECAFE, CATIE, PROCISUR, PROCINORTE y FONTAGRO a nivel regional, muestran que este tipo de cooperación es factible y ha generado retornos elevados.
El trabajo identifica tres razones por las que este momento es especialmente propicio: la creciente competencia geopolítica por las tecnologías críticas, la irrupción de la inteligencia artificial como tecnología de propósito general y la consolidación de la bioeconomía como nueva frontera de desarrollo basada en recursos biológicos, donde ALC tiene ventajas comparativas pocas veces igualadas. La conclusión es clara: así como en el siglo XX la región construyó institutos nacionales de investigación para aprovechar la Revolución Verde, el desafío del siglo XXI es construir capacidades regionales que permitan aprovechar la convergencia entre inteligencia artificial, nueva biología y bioeconomía, transformando capacidades dispersas en una capacidad colectiva de innovación.
