30 años de la soja OGM: el punto de inflexión que transformó el agro argentino

30 años de la soja OGM: el punto de inflexión que transformó el agro argentino Eduardo Trigo (Grupo CEO) y Roberto Bisang El 25 de marzo de 1996, la Secretaría de Agricultura argentina firmó la Resolución 167/1996, autorizando la producción y comercialización de soja tolerante a herbicida —la conocida soja «Roundup Ready». Lo que en su momento pasó casi desapercibido terminó siendo el inicio de una era. Argentina se convirtió en uno de los primeros países del mundo en adoptar masivamente biotecnología agrícola, y lo hizo a una velocidad inédita: en menos de cinco años, la adopción de la soja transgénica alcanzó prácticamente el 100% del área sembrada. «La historia de la soja transgénica en Argentina no es solo la historia de un cultivo. Es la historia de cómo la innovación, cuando converge con condiciones favorables, puede reconfigurar un país entero.» El paquete que cambió todo El núcleo de la transformación fue el llamado «paquete tecnológico»: semilla genéticamente modificada, uso de glifosato y expansión de la siembra directa. Esta combinación simplificó el manejo agronómico, redujo costos operativos y permitió escalar la producción de manera exponencial. La superficie sembrada con soja se duplicó en pocos años. El complejo sojero pasó a ser el principal generador de divisas del país, consolidando a Argentina como potencia global en la producción y exportación de harinas y aceites vegetales, con China como principal destino. Una transformación que fue más allá del campo La revolución tecnológica vino acompañada de una profunda transformación organizacional. Emergieron nuevos actores —pools de siembra, contratistas, empresas de servicios— y se consolidó un modelo más empresarial y financiero del agro. Se intensificó la integración vertical con la agrobioindustria y se amplió la frontera agrícola hacia regiones extra-pampeanas. Un estudio de la Bolsa de Cereales de Buenos Aires y ArgenBio estimó que los beneficios económicos acumulados en los primeros 25 años ascendieron a US$ 159 mil millones, con la mayor parte yendo a productores y al Estado a través de impuestos y retenciones. El balance, treinta años después A tres décadas de aquella resolución, el balance es necesariamente ambivalente. La Resolución 167/1996 fue el disparador de una de las transformaciones productivas más exitosas de la historia argentina reciente. Pero también dejó interrogantes abiertos: sostenibilidad ambiental, diversificación productiva, equidad territorial y el desafío del desarrollo de una bioeconomía de mayor valor agregado. Lo que es indiscutible es su legado: un agro modernizado, posicionado globalmente, y una demostración de que la innovación con condiciones institucionales adecuadas puede reconfigurar la estructura productiva de un país entero. Este post es un resumen de la publicación original. Ver artículo completo en el siguiente link 24 de abril de 2026 Entradas recientes Conflicto bélico y bioeconomía: nueva oportunidad para Argentina Grupo CEO relanzó sus actividades y presentó una nueva etapa de trabajo para el desarrollo agroindustrial Cuando la productividad vuelve al centro: por qué la cooperación técnica en agricultura necesita un “upgrade” en las Américas Analizando la deforestación en los países del Mercosur para el período 2000-2024 El futuro de la agricultura en el Mercosur: escenarios a diez años Quiénes somos Nuestros servicios Áreas de trabajo Contacto Envelope Linkedin-in X-twitter
Cuando la productividad vuelve al centro: por qué la cooperación técnica en agricultura necesita un “upgrade” en las Américas

Cuando la productividad vuelve al centro: por qué la cooperación técnica en agricultura necesita un "upgrade" en las Américas por Eduardo Trigo y Federico Villarreal Hay diagnósticos que se repiten tanto que corren el riesgo de perder fuerza. Uno de ellos es que América Latina y el Caribe llevan décadas avanzando por debajo de su potencial. Pero cuando el análisis se vuelve más fino, la pregunta deja de ser “qué está mal” y pasa a ser “qué no estamos haciendo distinto”. En agricultura, esa diferencia importa porque la región no solo produce: también sostiene empleo, estabilidad territorial, divisas y capacidad de proyección internacional.En los próximos años, el debate ya no será si la agricultura debe transformarse, sino como lo hará, y quién liderará el indispensable salto de productividad. La evidencia es conocida: la región arrastra una brecha persistente de productividad, heterogeneidades profundas entre territorios y cadenas, y dificultades para escalar innovaciones con impacto masivo. Aun cuando existen “islas” de excelencia técnica, su difusión es lenta, costosa y muchas veces queda encapsulada en circuitos cerrados. Y en un mundo más competitivo y fragmentado, esa lentitud se paga. Aquí aparece el punto incómodo: la cooperación técnica internacional —tal como fue concebida en el siglo XX— está quedando por detrás de la velocidad del cambio. No porque haya perdido relevancia, sino porque muchas de sus herramientas se diseñaron para un mundo en el que la innovación tardaba décadas en madurar, las cadenas eran menos interdependientes y los Estados podían planificar con márgenes de estabilidad mayores. Hoy, en cambio, la disputa por tecnología, estándares, datos, mercados y financiamiento se reconfigura en ciclos cortos, y la agricultura está en el centro de esa disputa.¿Entonces qué debería cambiar? Un primer giro es conceptual: pasar de la cooperación como “proyecto” a la cooperación como “plataforma”. La nueva ventaja no está solo en transferir conocimiento, sino en habilitar que los países —y especialmente sus equipos técnicos— puedan comparar, adaptar y hacer “fine-tuning” de soluciones en tiempo real. La cooperación se juega, cada vez más, en el “cómo”: cómo se acelera la adopción tecnológica sin ampliar desigualdades; cómo se construyen hojas de ruta factibles; cómo se armonizan marcos regulatorios sin caer en uniformidad improductiva; cómo se escala lo que funciona.Un segundo giro es operativo: la cooperación debe tener una lógica de misión y resultados medibles. En agricultura, una misión concreta puede ser cerrar brechas de rendimiento en cultivos y sistemas priorizados; otra, reducir costos logísticos y pérdidas poscosecha; otra, avanzar en el desarrollo de la bioeconomía, como camino a la revitalización de la ruralidad; otra, aún, modernizar servicios públicos agrarios para que trabajen con datos, interoperabilidad y evaluación de impacto. No se trata de sumar agendas, sino de ordenar prioridades con claridad técnica. Un tercer giro es geopolítico: si la región no construye posiciones convergentes, otros escribirán las reglas. La agricultura ya no se define únicamente por lo que ocurre “dentro del lote”. Se define por estándares, por reglas de comercio, por regulaciones sanitarias, por acuerdos de inversión, por infraestructura crítica y por la capacidad de sostener narrativas globales creíbles. En ese plano, la cooperación técnica tiene un rol poco explorado pero decisivo: facilitar consensos hemisféricos, alinear mensajes estratégicos y construir masa crítica para que la región negocie, influya y se posicione.Ese “upgrade” de la cooperación técnica en agricultura para los próximos años parte de un diagnóstico que coincide con análisis recientes de organismos internacionales —por ejemplo, el Latin American Economic Outlook 2025 de OCDE/CAF/UE, que subraya los desafíos estructurales de productividad y la necesidad de estrategias de transformación productiva con foco en habilidades, adopción tecnológica, infraestructura y asociaciones internacionales—, pero pone el acento en el punto menos resuelto: cómo rediseñar la cooperación para que esa transformación ocurra en la práctica.La propuesta no idealiza un modelo único. Al contrario: reconoce la diversidad del hemisferio y plantea una ejecución diferenciada. El Caribe, por ejemplo, requiere abordajes donde escala, logística, vulnerabilidad de cadenas y coordinación regional pesan más que en otras subregiones. Mesoamérica combina presión migratoria, desigualdad territorial y necesidad de modernizar instituciones a ritmo acelerado. La región andina demanda precisión para operar en mosaicos productivos complejos y heterogéneos. El Cono Sur, con sistemas de alto desempeño relativo, enfrenta el desafío de sostener competitividad, aumentar valor agregado y responder a nuevas exigencias tecnológicas y regulatorias. En todos los casos, la idea fuerza es la misma: la cooperación técnica debe volver a ser una herramienta de productividad, competitividad y construcción institucional efectiva. Y, al mismo tiempo, debe hacerlo sin caer en dispersión programática. Para eso, se pueden considerar cuatro líneas de acción: productividad como eje (cerrar brechas, escalar tecnologías validadas, mejorar eficiencia), actualización institucional (servicios agrarios modernos, extensión reconfigurada, datos y evaluación), diplomacia técnica (consensos hemisféricos, posicionamiento global) y modularidad operativa (instrumentos por subregión, métricas adecuadas, alianzas funcionales).Para avanzar en este sentido, y que la cooperación técnica sea palanca y no acompañamiento lateral, se requieren señales políticas claras: priorizar productividad como política de Estado; habilitar reformas institucionales con respaldo presupuestario y regulatorio; y participar activamente en espacios de convergencia regional. Sin conducción política, la cooperación se fragmenta. Sin densidad técnica, se vuelve declarativa. Y sin plataformas de intercambio, las soluciones se reinventan una y otra vez, con costos que la región ya no puede seguir pagando.La pregunta final es sencilla: en un mundo que se reordena, ¿la región quiere ser un proveedor reactivo o un actor con estrategia? Si la respuesta es la segunda, la cooperación técnica en agricultura no puede seguir operando con lógicas de hace treinta años. Necesita foco, método, plataformas y diplomacia técnica. Ese es el debate que proponemos abrir. Nota: Las opiniones, interpretaciones y conclusiones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de sus autores y se presentan a título personal. En consecuencia, no reflejan posición oficial, ni comprometen en modo alguno, a las instituciones, organizaciones o grupos con los que los autores se encuentran vinculados o colaboran. 12 de enero de 2026 Entradas recientes Analizando la deforestación en los países del Mercosur para el período