Conflicto bélico y bioeconomía: nueva oportunidad para Argentina

Conflicto bélico y bioeconomía: nueva oportunidad para Argentina por Eduardo Trigo y Roberto Bisang El conflicto en Medio Oriente está generando impactos relevantes en la economía global, particularmente en los mercados de energía y alimentos. Este escenario está reordenando prioridades a nivel internacional y vuelve a poner en el centro la seguridad de abastecimiento, tanto energético como alimentario. En ese contexto, países con capacidad de producción de recursos naturales, como Argentina, adquieren mayor relevancia dentro del sistema global. Impacto del conflicto en la economía global La guerra no solo afecta directamente a las regiones involucradas, sino que genera efectos indirectos a través de precios, logística y cadenas de suministro. Se observan tensiones en mercados clave como energía, fertilizantes y alimentos, lo que impacta en los costos y en la disponibilidad a nivel mundial. Este escenario lleva a muchos países a replantear sus estrategias de abastecimiento, buscando mayor seguridad y diversificación de proveedores. Bioeconomía como respuesta estructural Frente a este nuevo contexto, la bioeconomía aparece como una alternativa relevante. Se trata de un modelo que integra producción agropecuaria con ciencia, tecnología e industria para generar alimentos, energía y nuevos materiales. El artículo plantea que este enfoque permite dar respuesta simultánea a varios desafíos globales: abastecimiento, sostenibilidad y desarrollo económico. En este sentido, la bioeconomía no es solo una tendencia, sino parte de una transformación más amplia del sistema productivo. El potencial de Argentina en el nuevo escenario Argentina cuenta con condiciones favorables para aprovechar este contexto, especialmente por su base agroindustrial y su capacidad productiva. El país se encuentra en un proceso de transformación donde la incorporación de tecnología y valor agregado puede potenciar su inserción internacional. El escenario global abre la posibilidad de que Argentina dé un salto en su posicionamiento, siempre que logre consolidar su desarrollo dentro de este nuevo paradigma productivo. Este post es un resumen de la publicación original. Ver artículo completo en el siguiente link. 20 de marzo de 2026 Entradas recientes Grupo CEO relanzó sus actividades y presentó una nueva etapa de trabajo para el desarrollo agroindustrial Cuando la productividad vuelve al centro: por qué la cooperación técnica en agricultura necesita un “upgrade” en las Américas Analizando la deforestación en los países del Mercosur para el período 2000-2024 El futuro de la agricultura en el Mercosur: escenarios a diez años Análisis de las políticas de apoyo al productor: La provincia de Neuquén Quiénes somos Nuestros servicios Áreas de trabajo Contacto Envelope Linkedin-in X-twitter
Cuando la productividad vuelve al centro: por qué la cooperación técnica en agricultura necesita un “upgrade” en las Américas

Cuando la productividad vuelve al centro: por qué la cooperación técnica en agricultura necesita un "upgrade" en las Américas por Eduardo Trigo y Federico Villarreal Hay diagnósticos que se repiten tanto que corren el riesgo de perder fuerza. Uno de ellos es que América Latina y el Caribe llevan décadas avanzando por debajo de su potencial. Pero cuando el análisis se vuelve más fino, la pregunta deja de ser “qué está mal” y pasa a ser “qué no estamos haciendo distinto”. En agricultura, esa diferencia importa porque la región no solo produce: también sostiene empleo, estabilidad territorial, divisas y capacidad de proyección internacional.En los próximos años, el debate ya no será si la agricultura debe transformarse, sino como lo hará, y quién liderará el indispensable salto de productividad. La evidencia es conocida: la región arrastra una brecha persistente de productividad, heterogeneidades profundas entre territorios y cadenas, y dificultades para escalar innovaciones con impacto masivo. Aun cuando existen “islas” de excelencia técnica, su difusión es lenta, costosa y muchas veces queda encapsulada en circuitos cerrados. Y en un mundo más competitivo y fragmentado, esa lentitud se paga. Aquí aparece el punto incómodo: la cooperación técnica internacional —tal como fue concebida en el siglo XX— está quedando por detrás de la velocidad del cambio. No porque haya perdido relevancia, sino porque muchas de sus herramientas se diseñaron para un mundo en el que la innovación tardaba décadas en madurar, las cadenas eran menos interdependientes y los Estados podían planificar con márgenes de estabilidad mayores. Hoy, en cambio, la disputa por tecnología, estándares, datos, mercados y financiamiento se reconfigura en ciclos cortos, y la agricultura está en el centro de esa disputa.¿Entonces qué debería cambiar? Un primer giro es conceptual: pasar de la cooperación como “proyecto” a la cooperación como “plataforma”. La nueva ventaja no está solo en transferir conocimiento, sino en habilitar que los países —y especialmente sus equipos técnicos— puedan comparar, adaptar y hacer “fine-tuning” de soluciones en tiempo real. La cooperación se juega, cada vez más, en el “cómo”: cómo se acelera la adopción tecnológica sin ampliar desigualdades; cómo se construyen hojas de ruta factibles; cómo se armonizan marcos regulatorios sin caer en uniformidad improductiva; cómo se escala lo que funciona.Un segundo giro es operativo: la cooperación debe tener una lógica de misión y resultados medibles. En agricultura, una misión concreta puede ser cerrar brechas de rendimiento en cultivos y sistemas priorizados; otra, reducir costos logísticos y pérdidas poscosecha; otra, avanzar en el desarrollo de la bioeconomía, como camino a la revitalización de la ruralidad; otra, aún, modernizar servicios públicos agrarios para que trabajen con datos, interoperabilidad y evaluación de impacto. No se trata de sumar agendas, sino de ordenar prioridades con claridad técnica. Un tercer giro es geopolítico: si la región no construye posiciones convergentes, otros escribirán las reglas. La agricultura ya no se define únicamente por lo que ocurre “dentro del lote”. Se define por estándares, por reglas de comercio, por regulaciones sanitarias, por acuerdos de inversión, por infraestructura crítica y por la capacidad de sostener narrativas globales creíbles. En ese plano, la cooperación técnica tiene un rol poco explorado pero decisivo: facilitar consensos hemisféricos, alinear mensajes estratégicos y construir masa crítica para que la región negocie, influya y se posicione.Ese “upgrade” de la cooperación técnica en agricultura para los próximos años parte de un diagnóstico que coincide con análisis recientes de organismos internacionales —por ejemplo, el Latin American Economic Outlook 2025 de OCDE/CAF/UE, que subraya los desafíos estructurales de productividad y la necesidad de estrategias de transformación productiva con foco en habilidades, adopción tecnológica, infraestructura y asociaciones internacionales—, pero pone el acento en el punto menos resuelto: cómo rediseñar la cooperación para que esa transformación ocurra en la práctica.La propuesta no idealiza un modelo único. Al contrario: reconoce la diversidad del hemisferio y plantea una ejecución diferenciada. El Caribe, por ejemplo, requiere abordajes donde escala, logística, vulnerabilidad de cadenas y coordinación regional pesan más que en otras subregiones. Mesoamérica combina presión migratoria, desigualdad territorial y necesidad de modernizar instituciones a ritmo acelerado. La región andina demanda precisión para operar en mosaicos productivos complejos y heterogéneos. El Cono Sur, con sistemas de alto desempeño relativo, enfrenta el desafío de sostener competitividad, aumentar valor agregado y responder a nuevas exigencias tecnológicas y regulatorias. En todos los casos, la idea fuerza es la misma: la cooperación técnica debe volver a ser una herramienta de productividad, competitividad y construcción institucional efectiva. Y, al mismo tiempo, debe hacerlo sin caer en dispersión programática. Para eso, se pueden considerar cuatro líneas de acción: productividad como eje (cerrar brechas, escalar tecnologías validadas, mejorar eficiencia), actualización institucional (servicios agrarios modernos, extensión reconfigurada, datos y evaluación), diplomacia técnica (consensos hemisféricos, posicionamiento global) y modularidad operativa (instrumentos por subregión, métricas adecuadas, alianzas funcionales).Para avanzar en este sentido, y que la cooperación técnica sea palanca y no acompañamiento lateral, se requieren señales políticas claras: priorizar productividad como política de Estado; habilitar reformas institucionales con respaldo presupuestario y regulatorio; y participar activamente en espacios de convergencia regional. Sin conducción política, la cooperación se fragmenta. Sin densidad técnica, se vuelve declarativa. Y sin plataformas de intercambio, las soluciones se reinventan una y otra vez, con costos que la región ya no puede seguir pagando.La pregunta final es sencilla: en un mundo que se reordena, ¿la región quiere ser un proveedor reactivo o un actor con estrategia? Si la respuesta es la segunda, la cooperación técnica en agricultura no puede seguir operando con lógicas de hace treinta años. Necesita foco, método, plataformas y diplomacia técnica. Ese es el debate que proponemos abrir. Nota: Las opiniones, interpretaciones y conclusiones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de sus autores y se presentan a título personal. En consecuencia, no reflejan posición oficial, ni comprometen en modo alguno, a las instituciones, organizaciones o grupos con los que los autores se encuentran vinculados o colaboran. 12 de enero de 2026 Entradas recientes Analizando la deforestación en los países del Mercosur para el período